Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda Podcast Por Juan David Betancur Fernandez capa

Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

De: Juan David Betancur Fernandez
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Sobre este título

Este podcast está dedicado a los cuentos, mitos y leyendas del mundo.© 2026 Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda Ciências Sociais Literatura e Ficção Mundo
Episódios
  • 749. La pregunta (India)
    Feb 21 2026

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    Juan David Betancur Fernandez
    elnarradororal@gmail.com

    Había una vez un hombre que vivía en una una remota aldea de la India, al borde de un espeso y silencioso bosque. Este hombre era reconocido por los aldeanos como un hombre misterioso pero igualmente sabio. Vestía con sencillez, hablaba con los pájaros y, a menudo, sus acciones resultaban tan excéntricas que dejaban a todos rascándose la cabeza. Lo admiraban por su evidente paz interior, pero al mismo tiempo, su comportamiento inusual los confundía y les causaba gracia.

    Un día, movidos más por el aburrimiento y la curiosidad morbosa que por una verdadera sed de conocimiento espiritual, un grupo de aldeanos decidió invitarlo a la plaza principal. Así que subieron la montana donde vivía y con mucha cortesía se acercaron a el

    —Maestro —le dijeron con falsas sonrisas—, nos encantaría que nos predicara. Necesitamos de su infinita sabiduría.

    El hombre santo, que vivía en un estado de constante servicio y disponibilidad, aceptó sin dudarlo. Sin embargo, conforme se acercaba el día señalado, su aguda intuición le advirtió de las verdaderas intenciones del pueblo. Sabía que no buscaban la luz, sino un espectáculo; querían reírse un rato a costa del "viejo loco". Decidió entonces que la lección que recibirían no sería la que ellos esperaban.

    Llegó la tarde de la charla. La plaza estaba abarrotada. Los aldeanos se codeaban y cuchicheaban, listos para el entretenimiento. El maestro subió a una pequeña tarima, paseó su mirada tranquila por la multitud y dejó que un silencio profundo se instalara en el ambiente.

    Finalmente, con voz serena, preguntó: —Amigos míos, ¿saben de qué voy a hablarles hoy?

    La multitud, casi al unísono, respondió con burla: —¡No, no lo sabemos!

    El maestro suspiró con dramatismo, sacudió la cabeza y dijo: —En ese caso, no voy a decirles nada. Son tan ignorantes, sus mentes están tan cerradas, que ninguna palabra mía valdría la pena aquí. Mientras no sepan siquiera de qué voy a hablarles, no tiene sentido que les dirija la palabra.

    Y sin más, dio media vuelta y regresó al bosque, dejando a todos con la boca abierta.

    Los aldeanos se sintieron desconcertados y un poco tontos. Lejos de rendirse, su orgullo herido los hizo reunirse esa misma noche. "Mañana lo llamaremos de nuevo", acordaron, "y cuando pregunte, todos diremos que sí".

    Al día siguiente, mandaron a buscar al santo, quien acudió con la misma paz de siempre. Subió a la tarima, miró a la multitud expectante y formuló la misma pregunta: —Amigos, ¿saben de qué voy a hablarles?

    Esta vez, con sonrisas triunfantes, gritaron a coro: —¡Sí, maestro, lo sabemos!

    El santo sonrió dulcemente, asintió y respondió: —Siendo así, me alegro mucho. No tengo absolutamente nada que decirles, puesto que ya lo saben todo. Que pasen una excelente noche, amigos.

    Y volvió a marcharse, perdiéndose entre los árboles.

    La indignación en el pueblo fue mayúscula. ¡Aquel ermitaño se estaba burlando de ellos en su propia cara! Llenos de frustración, pero más tercos que nunca, decidieron convocarlo por tercera vez. Celebraron una asamblea y planearon la trampa perfecta. No habría forma de que el viejo se escapara de esta.

    Al tercer día, el santo llegó a la plaza. Se paró frente a ellos, imperturbable como una montaña, los miró en silencio y calma, y lanzó la ya conocida pregunta: —Díganme, amigos, ¿saben de qué voy a hablarles?

    Los aldeanos, seguros de su victoria, ejecutaron su plan. La mitad de la plaza gritó: —¡Sí, lo sabemos! Y la otra mitad gritó: —¡No, no lo sabemos!

    El silencio volvió a caer sobre la plaza mientras todos miraban al maestro, esperando verlo por fin acorralado.

    El hombre santo los observó con com

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  • 748. La Cripta
    Feb 18 2026

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    Juan David Betancur Fernandez
    elnarradororal@gmail.com

    Había una vez un hombre llamado Juan que llevaba un buen tiempo rondando los muros desconchados del viejo cementerio de Santa Cruz de Mompox. Debería haber sentido el calor sofocante y húmedo que subía del río Magdalena en esas noches de tormenta, o el sudor empapando su camisa de lino, pero solo experimentaba un letargo extraño, una ligereza que atribuía a la fiebre de su propia obsesión. Su mente estaba anclada a una única estructura: un mausoleo colonial de piedra caliza, devorado por el musgo y oculto tras un sauce llorón cuyas ramas barrían el suelo de tierra.

    Nadie en el pueblo se acercaba a ese rincón del camposanto. Las leyendas locales hablaban de sombras que vagaban entre las tumbas más antiguas, pero a Juan eso no le importaba. Sentía un tirón magnético en el pecho, una voz silenciosa que lo llamaba desde las profundidades de esa cripta sin nombre.

    Aquella noche, sin luna y con el canto ensordecedor de las cigarras como única compañía, llegó frente a las altas rejas de hierro forjado. Para su sorpresa la reja no tenía ningun candado y estaba semi abierta Así que para el fue realmente fácil cruzarla y verse rápidamente en el vestíbulo de aquella gran cripta.

    Allí adentro la realidad parecía parpadear., el aire a su alrededor cambió. El canto de las cigarras desapareció, reemplazado por un silencio tan denso que casi zumbaba en sus oídos. Parpadeó, desorientado. Ya no estaba fuera de las rejas; estaba en el interior de la cripta y nunca había estado allí. Al menos así lo recordaba

    Miró hacia lo que tenía delante de el

    El interior estaba sumido en una penumbra sepulcral, apenas iluminado por un tenue rayo de luz estelar que se colaba por una grieta en la bóveda de crucería. Olía a cera derretida y a siglos de abandono; un olor que le resultaba dolorosamente familiar, reconfortante, como el recuerdo de la casa de la infancia.

    En el centro exacto de la cámara circular, sobre un zócalo de piedra labrada, descansaba el sarcófago. Estaba cubierto por una losa de mármol gris, adornada con el relieve desgastado de un escudo de armas que Juan sintió que conocía de memoria, aunque no podía nombrar sus blasones.

    Con curiosidad se acercó a aquella tumba y apoyó ambas palmas sobre la fría piedra de la losa. Realmente no entendía que lo llevaba o impulsaba a estar allí y menos que atractivo podría tener estar en una cripta que no conocía. Se preparó mentalmente para un esfuerzo titánico, flexionando las piernas para empujar con todo el peso de su cuerpo. Empujó.

    La piedra inmensa se deslizó a un lado con la suavidad de una hoja cayendo sobre un estanque. No raspó, no pesó, no emitió el menor sonido. Juan cayó de rodillas por la falta de resistencia, aferrándose al borde del ataúd. Su respiración era errática, rápida, pero extrañamente... silenciosa.

    Temblando, se asomó al interior de la tumba que había sido abierta por su esfuerzo.

    Esperaba encontrar huesos desordenados, polvo gris o las joyas oxidadas de algún noble olvidado. En su lugar, sobre un lecho de seda granate que el tiempo había convertido en telarañas polvorientas, yacía un hombre.

    Estaba impecablemente conservado, casi momificado por las condiciones de la cripta. Vestía un vestido de terciopelo oscuro de corte colonial, con mangas acuchilladas y un cuello de encaje amarillento, consumido por la polilla. Las manos del cadáver estaban cruzadas sobre el pecho, sujetando un crucifijo de plata ennegrecida.

    Juan acercó el rostro, intentando ver mejor en la penumbra. Entonces, el rayo de luz de la bóveda iluminó el rostro del difunto.

    El terror puro intentó asaltar a Juan , pero se dio cuenta con una confusión abismal de que s

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  • 747. Galatea
    Feb 16 2026

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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un hombre que tenía al mismo tiempor una gran arte y una gran frustración, siendo el gran escultor de Chipre todos reconocían en el su capacidad de crar hermosas figuras pero su gran frustración era que ninguna mujer en todo Chipre le parecía suficiente para su gusto.

    Ahora el se encontraba entrando a la oficina de aquel medico que supuestamente lo iría a tratar de alguno de sus males y allí la vio. Ella estaba en la sala de espera, posiblemente ansiosa a que la hicieran pasar y El destino, que alguna vez había convocado a dioses y milagros lo llevaba a encontrarla en aquel lugar.

    Pigmalión la reconoció por el lóbulo de la oreja. Recordaba haber pasado tres días enteros puliendo ese lóbulo, eligiendo el grano más fino de la lija para que el mármol capturara la luz de la tarde. Ahora, sin embargo, esa oreja sostenía un pendiente de mal gusto y la piel que la rodeaba tenía una pequeña mancha que denotaba el mal uso de aquel lóbulo perfecto

    «Se está estropeando», pensó él con la crueldad clínica de un artista. «Mi obra maestra se está echando a perder».

    La mujer que obviamente lo había visto ingresar se sintió perturbada por su presencia y aunque trataba de ignorarlo sentía su mirada constante sobre ella. Su nombre era Galatea y era la más bella mujer de todo Chipre sin duda alguna. No necesitaba levantar la vista para saber que él la estaba juzgando. Conocía muy bien como aquel hombre al que detestaba era quien mejor la podía observar y juzgar.. Era la misma densidad de la mirada que sentía cuando él la miraba en su taller, no con amor, sino buscando dónde corregir hasta el mínimo detalle que ella pudiera tener. La veía siempre como una obra en proceso y ella realmente ya estaba perfecta.

    En su mente de mujer beldad pensaba —Sigue mirándome como si fuera un bloque de piedra —pensó ella, apretando la mandíbula—. Nunca quiso una mujer. Querías un ser que sirviera como reflejo de su propio ego. Queria la más perfecta mujer posible.

    El silencio entre los dos era espeso, el frio de sus miradas podía sentirse en toda la habitacion.

    Pigmalión recordó la historia de aquella mujer. Siendo el el gran escultor de su tiempo había llegado a la creación de la más bella y perfecta mujer y cansado de las imperfecciones de las mujeres de Chipre sentía que ninguna era lo suficientemente perfecta para el. En cambio aquella era perfecta. Una figura como ninguna otra y con la mirada más enigmática que mujer alguna pudiera tener. Era ella toda suya era su Galatea. La perfección hecha piedra. Desesperado le hizo la plegaria a afrodita que le permitiera que aquella estatua de mármol fuera su propia mujer. Pigmalión recordó el momento exacto en que la piedra gracias a la intervención de la bella afrodita se volvió tibia bajo sus dedos. Sus ojos se posaron sobre el y su cuerpo frio y firme se convirtió en una figura dulce y suave. Fue el momento más glorioso de su vida. Pero ahora, viendo cómo ella tosía discretamente y se acomodaba el abrigo, se dio cuenta del error de cálculo en ese momento.

    El mármol era eterno; la carne al contario era una decepción constante. El mármol no criticaba ni sentía celos, El mármol no tenía reclamos constantes sobre cosas pequeñas y no te miraba con decepción cuando llegabas tarde.

    Ella por su parte al encontralo en aquella habigtacion recordaba aquel frio. Pero no el frio del marmo que antes podía sentir como su cuerpo. No Galatea recordaba El frío de no ser reconocida y ser ignorada en cada asunto de la vida. Recordaba como aquel famoso escultor la hacia sentir menos en cada ocasión social cuando se referia a ella como su creación. . A veces, cuando él l

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